Derecho de autor y originalidad (I)

Intentar definir originalidad, obra o autor sin hablar de los otros dos conceptos es casi como usar la palabra definida en la definición. Aun así, por algún punto hay que empezar. El art. 10 LPI establece que “son objeto de propiedad intelectual todas las creaciones originales“. Pero, ¿qué es la originalidad para la LPI? Tradicionalmente se ha distinguido entre dos clases de originalidad:

  • Originalidad objetiva: que se trate de una creación nueva, que no existiese hasta entonces.
  • Originalidad subjetiva: la expresión de la personalidad del autor a través de la creación de una obra sin copiar otra anterior.

El criterio más seguro y simple es el de la originalidad objetiva: si nadie ha creado lo mismo antes, se protege (algo parecido a lo que sucede en derecho de patentes). Ahora bien, cabe la posibilidad de que dos autores distintos, expresando personalidades distintas y con influencias distintas, lleguen al mismo resultado. Poniendo un ejemplo ficticio, en un cuento de Borges una persona escribe “El Quijote” palabra por palabra, sin saber nada sobre la existencia de Miguel de Cervantes ni de su obra. Es una posibilidad cada vez más remota, pero no imposible.

En España la jurisprudencia y la doctrina se inclinan más por la teoría de la originalidad subjetiva, pero con una pizca de exigencia en lo que a originalidad objetiva respecta. A la hora de probarlo en juicio, se combina el informe pericial (criterio del experto) con la percepción general del público (concepto parecido al del “consumidor medio” del derecho de marcas). Las críticas más frecuentes a esta teoría son:

  • La exigencia de cierta altura creativa, cuando el derecho de autor no la exige para que la obra sea protegida
  • Si la obra de un autor coincide con otra anterior, suponiendo que no la ha copiado, ¿cómo puede probarlo ante el Juez? Probar que algo no se conocía es una probatio diabólica (prueba imposible).

En la práctica, se acepta que dos personas puedan llegar a crear lo mismo siempre que la segunda no hubiera podido tener conocimiento y acceso a la obra de la primera. Parece que es un criterio que favorece la protección de copias que no la merecen, pero no es así. El autor plagiado no tiene que probar que el segundo autor tuvo efectivamente acceso a la obra, sino que, por sus circunstancias, es razonable pensar que pudo tenerlo. Y hoy en día el acceso a la creación que tiene lugar en cualquier parte del mundo es más fácil que nunca. Por poner un ejemplo, un grupo que no se dedica profesionalmente a la música como Coldplay seguro que no tuvo acceso a las obras creadas por un guitarrista y compositor amateur y completamente anónimo como es Joe Satriani:

Evidentemente, Satriani demandó a Coldplay en diciembre de 2008 pero retiró la demanda en septiembre de 2009, probablemente tras llegar a un acuerdo. El Juez ordenó que se pagaran las costas a medias, Coldplay escarmentó y la banda volvió a lanzar canciones completamente novedosas:

En favor de Coldplay hay que decir que en esta ocasión Chris Martin admitió desde el principio haberse inspirado en “I Go to Rio”, y que Allen y Anderson (autores de la canción original de los 70) también aparecen como autores del primer single de Mylo Xyloto.

Una vez establecido que hace falta un mínimo de novedad objetiva, la siguiente cuestión es determinar cuánta es necesaria para poder hablar de creación original. Si algo aprendí de mis profesores es que la respuesta que ha de dar un jurista a esta cuestión es la misma que tiene que dar a prácticamente todas las demás: depende.

¿De qué depende? Depende, sobre todo, del tipo de obra que sea. La regla esencial podría formularse del siguiente modo: el número y entidad de las diferencias necesarias para poder hablar de creación original son directamente proporcionales al grado de libertad que tuvo el autor. Esto se entiende mucho mejor con tres ejemplos: una novela de quinientas páginas, una canción pop de cuatro minutos y un mapa geográfico de España.

En una novela, la libertad del autor para escoger las palabras y su orden es casi ilimitada. Digo las palabras porque la propiedad intelectual no protege las ideas, sino su expresión concreta; profundizaremos en esto en futuras entradas. De momento nos quedamos con la tremenda libertad que le da el lenguaje. En este caso, bastará con que un fragmento sea idéntico o muy parecido para poder hablar de plagio.

En el caso de la canción, el grado de libertad se reduce, pero tampoco demasiado. La escala musical tiene 7 notas (cinco tonos y dos semitonos), y las canciones pop suelen tener la misma estructura (introducción, estrofa, estribillo, estrofa, estribillo, puente, estribillo, estribillo y cierre). Aun así, la posibilidad de jugar con la melodía, la armonía y el ritmo da mucha libertad. Será por tanto más fácil que dos canciones se parezcan hasta cierto punto (el resabido “todas las canciones que se hacen ahora son iguales“), pero poco excusable que sean casi idénticas.

Por último, en el caso del mapa, está claro que el autor tiene un margen para ser creativo muy limitado. España tiene la forma que tiene, y la función de un mapa es indicar dónde están las cosas, no que su autor se invente los cursos de los ríos y la situación de las cordilleras. Es lo que se conoce como “teoría de la inevitabilidad de la forma”: un mapa tiene que respetar una forma determinada, o no es un mapa. Nadie con dos dedos de frente acusaría al dibujante de plagio sólo porque ya se han dibujado mapas de España antes, a no ser que sea exactamente igual a un mapa anterior. Si por el contrario cambia las tonalidades, el grosor y color de las líneas, la tipografía… serán cambios pequeños o poco relevantes, pero suficientes como para poder hablar de una obra original y, por tanto, protegible por el derecho de autor.

En Propiedad Intelectual Hoy: Derecho de autor y originalidad (II) y Derecho de autor y originalidad (y III): ¿Qué opina el Tribunal Supremo?

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